Joven Patrocinio llevaba su guitarra en mano, con los zapatos llenos de polvo y apuro, pantalon y camisa muy elegantes, lentes grandes y oscuros, la mirada seria y labios callados, hombre de campo y músico desde la sangre; le llevaba el camino a la fiesta del pueblo donde allí se encontraria con Daniel y Alejandro, amigos desde la adolescencia, edad en que sus manos empezaron a sacarle lágrimas a su guitarra, compañera fiel testigo de sus tristezas, llanto y alegrias, iba camino a Quinua, a la fiesta principal.
El sol asomaba sus cabellos por entre los cerros vestidos de blanco nieve, las casas siempre tímidas parecian mirarle como diciendo: "Tenga cuidado joven Patrocinio"; corría un viento suave como mano de buena madre, frio también se sentía como queriendo el viento decirle al sol: "Yo traigo las nubes en mis brazos, aunque tu salgas y quemes"; las calles algunas solitarias, como las piedras hermosas y perfectas que las cubren, la plazuela llenita de comercio, las madres con sus viandas y sus platos de Puca Picante para la venta, los hijos unos sentaditos y otros jugando con chapas desgastadas y muñecos viejos rotos por la mitad, frente a ellos la Iglesia, imponente, bonita, como reina vestida de fiesta, adornada y misteriosa, en silencio cuidando al pueblo con sus puertas abiertas dando la bienvenida a quien quisiera conversar con ella; Ella escucha, hace llorar y aconseja; aquella iglesia en la plazuela donde hombres y madres se encomiendan y piden buena venta, protección a sus familias y un milagro por favor.
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